Las 5.30 de la mañana. Metro de camino a mi trabajo. Cuando me voy a sentar, la persona que ocupa el otro asiento se agranda para evitar que me siente a su lado. Ignoro el lenguaje corporal, me siento y leo un periódico gratuito que he cogido por el camino. En danés. Dato relevante porque la persona que tengo al lado resulta ir acompañada de la persona que tengo delante y ambes hablan español. Pasa un rato en el que están hablando de sus cosas y yo leyendo mi periódico. De repente ella le dice a él "¿Has visto ESTO que tengo lado?". El hombre parece no entender. La mujer lo repite con más euforia. "¡Esto, esto aquí!". El hombre mira en todas direcciones visiblemente confuso. Y ella empieza a explicarse "Esto, horrible, no me gusta nada, una monstruosidad, horrible. ¿No has visto que lleva la cabeza rapada, monstruosa, horrible?". Claro, con esto por fin tanto el hombre que tengo delante como yo entendemos a lo que se refiere. Aparentemente a la individua no le gusta mi pelo y no sabe identificar mi género. Y aparentemente cree que se puede permitir el lujo de ponerme a parir delante de mi cara porque cree que hablo danés. Solamente.
Con toda la calma del mundo, levanto la vista del periódico, la miro a los ojos y le digo en mi español de España "¿Ah, sí? ¿Te parece?". La cara de sorpresa, los ojos como platos, la mandíbula colgando y el rubor en la piel por supuesto dignos de un cómic. "Sí", balbucea... "lo siento". Y el silencio absoluto se apodera de ella y no vuelve a abrir la boca en lo que queda de viaje. Ni él tampoco, que solo mira al suelo.
Esta vivencia un poco cómica en realidad es solo la muestra clara de la actitud que siento que despierto de forma constante cuando me muevo por la ciudad. En este caso, la reacción era la misma lo que pasa es que fue expresada con palabras, porque la persona de turno se sintió protegida, erróneamente, en su idioma no mayoritario. En otras ocasiones me sucede al revés. Si alguien me escucha hablando español o inglés a veces cree que no hablo danés y comenta sobre mí de forma abierta en mi cara. Por supuesto, siempre de forma tan desagradable.
Lo más interesante es que mi forma de romperle los esquemas a la gente no es tan brutal como cabría esperar del tipo de reacciones que recibo de forma constante. Tan solo tengo un aspecto un poco menos normativo que la mayoría, pero todavía muy lejos de lo que deseo llegar a alcanzar. Mi perfomatividad de género no es tan confusa como quisiera. Mi cuerpo es leído por lo general de forma bastante unívoca. Los pocos detalles que lo diferencian no son tan visibles de lejos. Mi ropa, por motivos económicos, todavía sigue siendo bastante estándar. Y mi pelo es un poco punk, pero vamos, nada comparado con lo que podría ser. Pero, curiosamente, esos pocos elementos unidos a la lectura de mi raza y/o etnicidad como extraños, crean una hostilidad que no es casi nunca invisible y que en ocasiones es violenta. Como cuando me empujan por la espalda o me gritan.
Horrible. Soy horrible. Porque la sociedad no puede aceptar nada que se aleje mínimamente de la norma.












